Este fin de semana, mi marido arrancó sus vacaciones. Digo “sus” porque se fue a hacer un viaje a la montaña con otros dos amigos, y yo me quedé acá en Buenos Aires. No es que me excluyó. Simplemente no están dadas las condiciones físicas (las mías… soy alérgica al deporte), ni las económicas, ni las psicológicas: no tengo vértigo, me dan pánico las alturas (o lo que yo considere como tal).
Así las cosas, me quedé en casita y, como si estuviera por hacer algo extremadamente liberador y loco dije “Uy! Voy a ponerme a ordenar y a tirar porquerías!”.
Si, si… ese fue mi plan primordial este finde.
Y a eso me dediqué. Avancé menos de lo que hubiera querido, pero es porque empecé por los placares, y me embalé tanto que ordené hasta la ropa de mi marido (obsesiva cambiando de percha: si es pantalón pesado, en percha de madera… en fin). Lave, planché como me enseñó mi mamá...
Y todo lo hacía pensando en las bondades de este feriado doble, que me permitía ponerme al día con estos quehaceres domésticos, que siempre voy postergando por falta de tiempo en la semana. Diría que estaba contenta.
Mientras planchaba, me puse a pensar que el post de hoy debía ser una ilustración por el Día de la Mujer , un saludito simple.
Ahí nomás se me vino a la mente la paradoja de este día: mi marido está de joda, y mi feriado fue trabajo hogareño extra? Y ni te imaginas la lista de diferencias concernientes a este tema que tomó forma en mi cabeza. Así, en un ida y vuelta de plancha.
Obviamente se me fue la “contentura”.
Es que en un segundo capté la cruda realidad: la liberación fue y es nuestra, pero el control sigue siendo de los hombres… inclusive el remoto.

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